SANSUIKYÔ, Dojo Budista Zen de Girona

Els Arcs (La Garrotxa)

Sesshin

8 i 9 de febrer de 2014

Guy Mokuho Mercier

Traducció: Pere Marés

(Transcripció pendent del vist-i-plau)

Sábado 8 de febrero 2013

Zazen: 07:00 h.

Habéis entendido que en la práctica de Kinhin aquello que es importante no es la dirección en la que caminamos, sino toda la atención que llevamos al paso que hacemos. Esta atención es nuestra mirada que se posa sobre lo que aparece ahora en el campo de nuestra conciencia.

Podemos decir que la Vía de Buda es una no Vía. Una no Vía porque empieza aquí y termina siempre aquí, es siempre ahora. La Vía de Buda, al fin, se revela en la atención que llevamos a lo que es, la calidad de nuestra mirada sobre las cosas. Es una mirada que no juzga, que acepta todo aquello que se presenta, que no escoge, que no rechaza, una mirada acogedora, benevolente, abierta. Una mirada que no busca cambiar lo que aparece, una mirada que contempla. No es el muro que está delante nuestro que contemplamos sino aquello que está en nosotros mismos, lo que somos nosotros mismos, ahora. Una mirada que contempla las sensaciones en el cuerpo, que contempla quizás las emociones o los pensamientos que pasan. Una mirada que toma conciencia de la vacuidad de este espacio no limitado que es nuestra propia conciencia, nuestra propia naturaleza en la cual las cosas aparecen. Cuando miramos así con toda honestidad, con toda simplicidad sin buscar atrapar, sin buscar rechazar, estamos en el ahora. Permanecemos en nuestra propia naturaleza.

Es muy simple si comprendemos que no hay yo, que no hay ego, que somos uno con todas las cosas. Si no hay yo quiere decir que no hay identidad separada de todas las demás cosas. Es esto lo que realiza Buda bajo el árbol de la Bodhi. Somos uno con todos los seres.

La Vía de Buda es una Vía donde no hay nada que obtener, porque todo está ya aquí, aquí y ahora. Simplemente es abrir los ojos del corazón, una atención total sobre lo que aparece y desaparece. Es permanecer abierto y ver todas las cosas como si fuera la primera vez. Cada sensación, cada percepción, incluso el ruido del agua de los radiadores, siempre es nuevo, sin embargo a menudo estamos con falta de atención sobre esto. Así pues, cuando encontramos el silencio en nuestro propio espíritu, nuestra mirada encuentra su pureza como una mirada de niño sorprendido, curioso, maravillado. Esa mirada que llevamos hacia nosotros mismos es realmente, reconectarse con uno mismo, volver a casa, darse cuenta de lo que Somos.

Nos miramos a nosotros mismos con profundidad, aprendemos a mantener nuestra atención vigilante dirigida hacia el momento presente. Miramos el mundo aparecer en nuestro propio espíritu, no hay nada especial que hacer, mirar no precisa esfuerzos, simplemente mantenerse tranquilo en si mismo. Simplemente mirar, contemplar, meditar.

Zazen: 11:00 h.

No tenemos que poner condiciones para zazen. Es simplemente dejarse (ser) abierto y mirar. Mirar la aparición y la desaparición de las cosas y podemos ver que el mundo se manifiesta sin más necesidades que su propia aparición, su propio movimiento de vida y su propia desaparición.

Estar en esta postura de acogida es tomar refugio en el propio espíritu, en las profundidades de nosotros mismos, allí donde todo es tranquilo. Es desde esta profundidad que miramos. Y esta mirada es Hishiryo, más allá del pensamiento, más allá de los juicios, de las apreciaciones, más allá de lo que es mirar. Todo lo que vemos pasar, aparecer o desaparecer ¿podemos cambiar alguna cosa?, ¿y con que finalidad?.

En el corazón del instante presente todo está en su lugar, a cada instante y podemos ver la armonía que está presente en todas las cosas. Es el significado del Sandokai que hemos cantado esta mañana. La total armonía entre el principio original, la esencia y los fenómenos de las cosas, de los seres.

Cuando nuestra mirada se libera del juicio, cuando aceptamos el no cambiar las cosas con nuestra voluntad personal, entonces podemos ver el carácter sagrado de todas las cosas. Porque cualquiera que sea la apariencia de las cosas (de las sensaciones, de los pensamientos, de las emociones) vemos en ellas la manifestación de la vida. Vemos la esencia, la unidad de todas las cosas.

Buda hizo girar una pequeña flor entre sus dedos, los antiguos conocen bien esta historia, y se dice: “sólo fue Mahakashapa el que sonrió, el único que comprendió”. Porque Buda giraba una flor entre sus dedos ¿Qué había que comprender?. La flor es Buda y Buda es la flor, no-dos. No-dos es zazen aceptando todo lo que se presenta en el campo de la conciencia sin buscar resistirse, sin buscar atrapar, sin poner condiciones. Simplemente abiertos, simplemente acogedores, simplemente desnudo, sin defensas, como un bebé que acaba de nacer. Como todas las cosas en la naturaleza.

Zazen nos invita a desaparecer en las profundidades de nuestro propio espíritu, en el silencio, en la presencia. Si permanecemos atentos instante tras instante este zazen es vivo. Así pues, podemos permanecer abiertos y aceptar simplemente el mirar aquello que viene espontáneamente a la vida. No hace falta hacer esfuerzo, no hace falta tensión hacia ninguna cosa, no hace falta esperar, ya que todo se revela a cada instante.

Zazen: 20:30 h.

A veces observamos aspectos de nosotros mismos que no son buenos, pero aceptarlos nos libera. Ni coger ni rechazar. Es la actitud de “Sampai”, las manos están abiertas, sin condiciones, sin negociaciones, sin mentiras. Evidentemente no siempre es fácil, lo importante es el trabajo que tenemos que hacer. El trabajo decía Buda: “es el de descubrir tu trabajo y de darte con todo el corazón”. Así podemos poner esto en relación con nuestros votos de bodhisattvas, especialmente el tercero: “Homo murio seigan gaku”: por numerosos que sean los dharmas hago el voto de realizarlos. Quizás no os habla mucho esta traducción, podríamos decirlo de esta manera: “por numerosos que sean los aspectos de la vida que me han sido dados hago el voto de vivirlos y de aceptarlos todos”. No es negociable, si queremos mercadear habrá siempre frustraciones, habrá siempre restos, memorias, frustraciones y sufrimientos.

El mejor ejemplo de lo que es la Vía es el propio Buda, se sienta bajo el árbol la bodhi y dijo: “no dejaré este árbol antes de haber realizado mi verdadera identidad”.

Abrir las manos, abrir el corazón, abrir el espíritu y dejar pasar el cosmos entero sin guardar nada, sin economizarse.

Domingo, 9 de febrero 2014

Zazen: 07:00 h.

Volvemos a la tranquilidad y al silencio de nuestras profundidades, es decir, de hecho al sentimiento de nuestra propia presencia. Sabemos que Somos, lo sabemos sin necesidad de utilizar palabras. Lo sabemos por las sensaciones que aparecen y desaparecen en el cuerpo, lo sabemos por nuestra propia respiración, lo sabemos por los latidos de nuestro propio corazón. Hay conciencia de esta presencia en nosotros mismos, y es Esto en lo que nos refugiamos, a lo que volvemos, la condición normal, apacible espíritu y dejamos que las olas se agiten en la superficie. No intervenimos, no juzgamos, miramos simplemente la aparición y desaparición de las cosas, de los pensamientos, de los sonidos, de las sensaciones.

Zazen se crea a sí mismo de instante a instante, no tenemos necesidad de hacer nada. Zazen nos propone entrar conscientemente en un abandono que nuestra inteligencia personal no puede comprender ni concebir. Se trata simplemente, y digo bien “simplemente”, de no implicarse en los pensamientos, los juicios, las apreciaciones, las resistencias, los miedos. Mirad, observar de manera un poco neutra. Justo aprender a permanecer en la visión de las cosas, sin depender de lo que es mirado, de lo que es percibido, de lo que es sentido. Simplemente mirar, mirar lo que vibra en nosotros, lo que canta en nuestro corazón, lo que se transforma de instante en instante; reconectarse a la vida que se manifiesta de esta manera. Esto es todo, no es complicado.

Y de forma natural volvemos a la luz, al silencio, a la tranquilidad, a la conciencia pura de la presencia de sí. Entonces podemos ver también cuando se cierra, cuando hay resistencias, cuando perdemos nuestra cualidad de acogimiento. Pero esto también lo podemos acoger, acoger incluso el no acoger.

Por ejemplo: no hace falta sufrir durante zazen, pero en momentos podemos acoger el sufrimiento y ese dolor. Sin embargo, no es necesario estropear el cuerpo.

Tomamos distancia de los pensamientos, con los miedos y las creencias que estos pensamientos transportan. En la tranquilidad incluso nuestros apegos pierden importancia, si nuestra mirada no coge, no se implica, permanece desapegada, pura. Es mirando así que comprendemos, más allá de las palabras, lo que es la Vacuidad.

Las cosas pasan. No somos nosotros que las dejamos pasar. Las miramos pasar, sin hacer nada, sin juzgar, sin buscar cambiar estas cosas. Cuando nos refugiamos en nosotros mismos en las profundidades de nuestro silencio interior, el tiempo y el espacio se desvanecen. Vemos simplemente desarrollarse la vida, somos la vida que se desarrolla de instante a instante, es simple y es bello, cada cosa tiene su sitio, no hay error.

Zazen es justo un viaje en la presencia, un viaje sin meta. Mirar simplemente el paisaje, nos encontramos simplemente en la evidencia del Ahora, sea lo que sea que contenga.

Cuando practicamos zazen con esta mirada ecuánime, nosotros somos el lugar donde se realiza esta doble pertenencia del cielo y la tierra o de ku y shiki. Somos el lugar donde se canta el Hannya Shingyo. La esencia y los fenómenos son Uno.

Zazen: 11:00 h.

Así pues, vuelvo a una de las condiciones esenciales de esta observación de sí(mismo) Es importante que cada uno comprenda bien como funciona para que esta observación sea justa. Es importante no intentar buscar el cambiar lo que es observado, es decir, como ya he explicado: permanecer en una actitud de acogida sin escoger, sin rechazar, sin coger. Porque podemos observar ya lo que es el yo en nosotros mismos, el juez que intenta cambiar lo que es observado: “no está bien para mi; podría ser mejor; es necesario que cambie”. En estos juicios no hay aceptación de lo que Es. Es un juego que conocemos bien, querer cambiar las cosas, controlar, ganar dinero por ejemplo o ser el mejor. Cada vez que juzgamos es como perder nuestra atención sobre lo que Es. El juicio se nutre de nuestra atención y sin atención estamos sumergidos en la ignorancia, la duda, la enfermedad, el samsara.

No buscar cambiar lo que es observado.

En física cuántica hace unas cuantas decenas de años que se ha constatado que el propio acto de observar cambia lo que es observado. Ocurre lo mismo con lo que miramos, sin intención, sin voluntad personal cambiamos lo que estamos mirando. Esto quiere decir que si nuestra mirada está llena de benevolencia, de amor, de aceptación, lo que miramos es cambiado por esta fuerza de la mirada. Aprendemos a amar los dos aspectos de nosotros mismos, el lado oscuro y el lado luminoso, la aceptación no siempre es fácil. Pero si aprendemos a amar lo que somos, porque es la vida que aparece allí donde estamos, entonces cambiamos lo que miramos. Esta mirada de amor y de compasión cambia en amor y compasión aquello que miramos.

Entonces cada pequeña aceptación que realizamos conscientemente es un paso hacia la unidad, hacia nosotros mismos, hacia el fin de la ilusión de separación. No buscar cambiar lo que es observado en nuestra meditación es esto: no moverse. No se trata de constreñir el cuerpo a la inmovilidad. Es simplemente permanecer en la conciencia que ve y que no buscar cambiar las cosas. Si comprendéis esto vuestra práctica de zazen se vuelve cautivante, fascinante, maravillosa.

Esta mirada que no juzga, que no busca cambiar las cosas, que acoge, es una mirada de amor por la vida. Y esto tiene mucha más fuerza que querer combatir contra los propios demonios. Es una mirada que opera una profunda transformación en nosotros, que nos lleva a nuestra profundidad silenciosa. Es la mirada de Buda, es la mirada del bodhisattva que cura las heridas, es una mirada que no divide, que se ofrece sin guardar nada para si. Es una mirada que hace el bien a los seres. Una mirada despierta, una luz que brilla por si misma. Es una mirada transparente que se convierte en el espejo para todos los seres.

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